Cartografía S.XII. Al Idrisi y el libro de Roger.

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Frances Gies

Es escritora, especialista en temas medievales.

En el año 1138, el palacio real de Palermo, Sicilia, fue el escenario de un encuentro largamente esperado entre un rey cristiano poco común y un distinguido hombre de ciencia musulmán. Tan pronto como el invitado entró en el salón, el rey se levantó, le tomó de la mano, y lo condujo cruzando los suelos de mármol cubiertos de alfombras hasta un lugar de honor junto al trono. Los dos hombres empezaron a hablar casi de inmediato sobre el proyecto para el que le habían pedido al erudito que viniera desde el Norte de África: la elaboración el primer mapa exacto y preciso del entonces mundo conocido.

El monarca era Roger II, rey de Sicilia; su distinguido invitado, el geógrafo andalusí al-Idrisi. Nació en Ceuta, al otro lado, desde España, del Estrecho de Gibraltar, y por aquel entonces tendría cerca de cuarenta años. Tras haber estudiado en Córdoba, en la España musulmana, dedicó varios años a los viajes; recorrió el Mediterráneo, desde la atlántica Lisboa hasta Damasco. Era un joven con pretensiones literarias que compuso versos en su época de estudiante, en la que celebraba el vino y la buena compañía. Sin embargo, en el curso de sus viajes descubrió que su verdadera pasión era la geografía.

 

Imagen del rey Roger II de Sicilia en la iglesia de la Martorana de Palermo, coronado directamente por Dios. ©R. Doughty

El Mediterráneo en los siglos XI y XII

Los escritos de al-Idrisi no nos hablan tanto de los rasgos de su carácter y personalidad como de los del que habría de convertirse en su patrocinador y anfitrión: Roger II. Hijo de soldado mercenario franco-normando que había conquistado Sicilia a principios del siglo XII, era un monarca atípico entre los reyes cristianos de la época. Sus correligionarios hacían comentarios respecto a su estilo de vida oriental —harén y eunucos incluidos— y hacían burlas de él, al que se referían como el “medio-pagano” y el “sultán bautizado de Sicilia”. Fue educado por tutores griegos y musulmanes, y era un intelectual al que gustaban las indagaciones científicas y gozar de la compañía de los eruditos musulmanes, de entre los que al-Idrisi era el más renombrado.

Un nivel semejante de unión cultural, en unos tiempos en los que cruzados y musulmanes se peleaban por Tierra Santa, y los piratas de ambos credos saqueaban mutuamente sus puertos y barcos, era cuando menos sorprendente. Pero a pesar de los piratas y los cruzados, los mercaderes medievales hicieron productivos negocios más allá de las fronteras de la religión y las ideas e, inevitablemente, se mezclaron en la misma proporción en que lo hicieron las mercancías.